Apuntes antropológicos a razón del 8 M en Isla Cristina

Este ocho de marzo hemos celebrado el conocidísimo, casi trillado, día de la mujer trabajadora. Una fecha que como digo parece que cada vez resulta más conflictiva. Y no es para menos, estamos viviendo un momento histórico en el que los preceptos del feminismo parecen diluirse en la conciencia colectiva.

No obstante, precisamente porque parece que retrocedemos en el tiempo y diría que casi en el espacio, es conveniente volver al corazón de la cuestión. Y para esto, como es habitual, cuento con las tan necesarias ciencias sociales.

Pienso con rapidez en la situación de la mujer isleña y establezco que el grueso de las mujeres de nuestro pueblo o bien trabajan preparando el pescado en la industria; en el sector agrario donde despuntan en la recolección y la preparación de la fruta; en el sector de la limpieza, ya sea para particulares o para hoteles y en último lugar ejerciendo como ayuda a domicilio añadiéndose a las labores de limpieza las del cuidado de los usuarios.

Obviando las excepciones, esto nos dibuja un panorama donde la mujer queda relegada en el ámbito laboral a ser un sujeto precarizado, pasivo, que es entendido y pretendido dentro de las virtudes canónicas y patriarcales de la feminidad, es decir, la delicadeza, el servicio y el cuidado: para limpiar, para atender a los mayores y enfermos, para procesar la fruta y el pescado…

Lo curioso de todo esto es que pese a la gravísima realidad que nos rodea seguimos insistiendo cobardemente en mostrar relatos triunfalistas de la historia donde la narrativa de las precoces trabajadoras de las fábricas sirve para justificar o glorificar un pasado y un presente que está lejos de serlo.

Sabemos con claridad que la mayor época de despunte económico de nuestro pueblo, es decir, la Época del Oro Azul, fue un tiempo donde los capitales se acumularon en manos de la burguesía local mientras el grueso de la población, en el que se encontraban las mujeres, sufría carestía y necesidad.

Además, tenemos que tener en cuenta que la mujer tanto de aquellos tiempos como de la actualidad soporta una doble carga en el caso de estar inserta en el mundo laboral, el de tener que ocuparse de la casa y del trabajo, es decir es la proletaria del proletario.

Es muy común ver que los chavales que han interiorizado el discurso capitalista consideran que quien “provee”, quien trae los recursos a casa, es el hombre y que la mujer en el caso de no trabajar es en una “mantenida” cuando la realidad es que el sistema económico en que vivimos se basa en el trabajo no remunerado de todas esas mujeres que hacen posible las condiciones materiales para que el hombre pueda trabajar y generar riqueza para sí o para el empresario.

La realidad es que la economía proveniente de las palabras griegas oikos y nomé, es decir, casa y administración: “la administración de la casa”, es una función que ejerce generalmente la mujer y es el corazón de toda práctica orientada a la supervivencia contrariamente a los que puedan pensar los iluminados que se toman demasiado en serio las especulaciones de la bolsa.

Al fin y al cabo, parece que como sociedad miramos hacia el pasado para no hacernos cargo de la realidad vigente, como podemos ver nos refugiamos más en los conceptos de la familia tradicional, compuesta por el hombre, que se realiza fuera de casa, por la mujer, que se realiza en ella y los hijos que repetirán estos patrones. Esto deja fuera toda alternativa posible, donde no caben otras realidades como quienes no pueden o no quieren tener descendencia, las personas solteras o las realidades queer.

Esta idealización del pasado va ligada, como he dicho antes, a la glorificación de este, como si tuviéramos claro que nuestros amados fundadores, así como los hombres de nuestro destacado ayer no hubieran sido en más casos de los que quisiéramos personas violentas y machistas. Y que bajo las antiguas chozas de caña o de adobe o en las exquisitas casas historicistas no hubiera existido la violencia contra la mujer.

Por ello en un tiempo en el que todos, y sobre todo los jóvenes, reniegan de una ideología tan humilde y pacífica como es el feminismo que quiere dotar de capacidad elección y equidad a hombre y mujeres para que sigan lo que en su corazón sienta más allá de las normas sociales es necesario que nos hagamos fuertes en estas ideas y exijamos que estén presentes en todos los espacios que ocupamos desde el campo a las fábricas pasando por los libros de historia local.

Cuando relegamos o incluso borramos a la mujer y sus problemáticas de nuestra historia y nuestro presente parece que borramos toda opción distinta de futuro incluso nuestra capacidad de imaginarlo. Por ello como profesional y como individuo reitero mi compromiso con una historiografía y una praxis social eminentemente equitativa, eminentemente libre, eminentemente feminista.


Publicado originalmente en el periódico "La Higuerita" el 15 de marzo de 2026.


Miguel Ángel Hiniesta Sánchez
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